Las caras y formas de la tortura y el dolor 

No soy funcionaria del Estado ni tengo que someterme a la crítica, pero mi vida íntima y familiar es pública. Un arma para desacreditarme. Intentan juzgarme con la misma vara que se miden ellos.  Este es el precio de ejercer mi profesión como defensora de derechos humanos

No tengo antecedentes penales, pero me califican como la peor delincuente. Mis vecinos son parte de mí día a día. Los solidarios que me preguntan cómo va todo, los que bajan la cabeza o miran a otro lado para evitar saludarme. Los que me vigilan para garantizar la impunidad de subsistir del mercado negro.

A la fuerza se aprende a disfrutar la soledad. Limitar el círculo de personas allegadas, es una medida para proteger a tu familia y a ti misma, de los que se sienten omnipresentes y omnipotentes como Dios, porque tienen el poder absoluto. Pero no es suficiente.

Entraron en mi hogar por la fuerza. Aun escucho en el silencio de mis noches el sonido de la barreta y la mandarria en mi puerta. Veo a los intrusos caminando en mi casa, con la prepotencia que les da, a unos sus uniformes, y a otros, su cargo.

Un carro se detiene frente a mi casa. No puedo evitar asomarme en la ventana. Estoy encerrada y en constante estado de alerta. Pueden regresar. No sé si soportaría verlos irrumpir nuevamente en mi hogar. Necesito paz.

El sueño no llega. La noche es oscura y silenciosa. El alumbrado público cercano está encendido, excepto el poste frente a mi vivienda. Los vecinos apagaron todas las luces. Mi perro ladra. No veo nada, pero los imagino moviéndose sigilosos, para tomarme por sorpresa.

Trato de disimular. No hay porque darles el gusto. A los que me preguntan cómo estoy, les digo bien, mientras sonrío. Intento mostrar que soy fuerte y esos ataques no me afectan. Pero es mentira. En las noches lloro sola inconsolablemente. Sí, me deprimo. Tengo principios y dignidad; pero no derecho a réplica ni puedo defenderme.

No puedo esconderme ni evitarlo, solo soportar. Sí, necesito ayuda. Mi psiquis es un fino cristal. Un poco más de presión y se quiebra. Ellos lo saben. Es parte del plan. La tortura y el dolor tienen muchas caras y formas. La impotencia y la vulnerabilidad es una de ellas. 

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